En una elección en la cual la austeridad y la honestidad personal son razón para votar por alguien o dejar de hacerlo, Anaya queda debiendo. Hubo una cruzada facciosa de la PGR en su contra. Hubo un intento claro y exitoso para tumbarlo de un cercano segundo lugar, con la esperanza –infructuosa– de que sus votantes se volcaran hacia José Antonio Meade. Pero esa embestida abonó sobre terreno fértil, sembrado de dudas sobre enriquecimiento inexplicable, tráfico de influencias, uso del puesto para obtener apoyos y contratos y socios. El insultante apodo “Riqui Riquín Canallín” se le quedó pegado porque no logró limpiar su nombre o reconstruir su reputación. Justa o injustamente llega a la recta final manchado y cuestionado, por errores que no debió haber cometido. Como aceptar los moches. Como hacer transacciones millonarias siendo un político en funciones. Como arrasar con todo y todos para amarrar su candidatura presidencial, pisoteara a quien pisoteara.

Por eso la soledad. Por eso la falta de acompañamiento. Por eso la ausencia de apoyos y personajes de peso a su alrededor. Su partido le perdió la confianza cuando vio que estaba dispuesto a partirlo para que Margarita Zavala no contendiera por la Presidencia. Las organizaciones civiles a las cuales se acercó lo abandonaron cuando el Frente dejó de ser “ciudadano”, para poner en sus listas plurinominales a personajes de catadura cuestionable. Algo que debió haber sido fresco, innovador, vibrante y distinto acabó siendo más de lo mismo. Los mismos asesores de Vicente Fox, los mismos personajes del PAN y del PRD, los mismos slogans gastados, las mismas críticas polvosas y contraproducentes a López Obrador. Un Frente que nunca lo fue en realidad. Una alianza que terminó siendo tan cupular y tan cuatista como la del PRIAN que decía enfrentar.

Es una lástima porque hubiera sido mejor para México que el puntero no terminara con una ventaja de 20 puntos. Hubiera sido mejor para el futuro democrático que la elección fuera más apretada y menos cargada. Una competencia más cerrada habría empujado a todos a definiciones y compromisos y aclaraciones que han podido eludir, en especial el hombre que se perfila para ser el próximo presidente. Como escribió Salvador Camarena: hemos “desperdiciado la oportunidad, irrecuperable, de que el candidato puntero se viera obligado a ampliar su oferta, a ceder, a negociar (…). Acabamos con una campaña en la cual AMLO puede concluir que “siempre tuvo razón y que los demás no le pueden decir nada sobre qué y cómo gobernar”. Llegamos a ese peor escenario no sólo por las virtudes percibidas de López Obrador; también por los defectos de Ricardo Anaya y los equívocos reiterados de su campaña. Empezó respaldado pero acabó solo. Y no hay peor soledad que la soledad del fracaso.