Esta expresión la escuche hoy de alguien que nos lee y que manifiesta su inconformidad por la manera en que muchas veces nos expresamos: Con groserías, mentadas de madre, adjetivos altisonantes y enunciados manifiestos y alusivos a nuestras partes nobles.

Tiene razón y no. Vamos por partes.

¿Cómo le dices a alguien a quien le quieres mentar la madre, sin que se oiga “feo”? Una manera decente sería pedirle que dirigiera sus pasos a donde está la la progenitora de sus días y que la importune. ¡No! Es más facil decirle que vaya a chingar a su madre, simple y llánamente.

Estamos tan acostumbrados a dirigirnos a nuestros congéneres (cuates) con palabras altisonantes, que hoy día, incluso las niñas, se tratan de wey, cabrona, pendeja, jodida, y tantas palabras bonitas que se dicen tanto en clase como en fiestas, reuniones y el chat.

En este sentido de la convivencia social, no le doy la razón a mi buen amigo y crítico de este blog. Pues es una forma “natural” de llevarnos entre nosotros y lo hemos hecho por años y años de convivencia social, familiar y hasta escolar.

Algunos padres, incluso, festejan y sonríen cuando su pequeño hijo, que apenas y empieza a balbucear algunas palabras, aprenden a decir sus primeras groserías. Y si son niños varones, pues con más razón. Quieren que sea machito y empiece a socializarse de acuerdo a su humilde y bajo origen de barriada.

Cuando profiero insultos en contra de una persona, en confianza, no pasa nada. Pero si se los digo a alguien con quien deseo encontrar un conflicto, entonces si, seguro me rompen la madre, si no se la rompo yo primero.

Somos mexicanos y el insulto forma parte de nuestra propia cultura, pero, aquí viene el pero, ¿qué sucede si mis insultos, faltas de respeto y voceferación de palabras soeces se dicen sin ton ni son y alcanzan a un vasto e indiscriminado público? Ahi sí existe un gran problema. Porque sin querer queriendo estoy demostrando mi baja o nula cultura; mi falta de civismo y educación; mi rencor social guardado durante tantos años y que, gracias al anonimato, me permite dirigirme a todos y nadie sin el más mínimo respeto ni a mí mismo.

Es por esto que creo firmemente que mi buen amigo tiene razón cuando me dice que no tenemos la cultura del diálogo ni la costumbre de la comunicación. Y que al usar indiscriminadamente tantas “malas palabras” sólo nos demuestra porque seguimos siendo lo que somos.

Ya para no cansarte, estimado lector, sólo déjame decirte que eres libre de hablar y escribir como se te venga en gana. Así como también nosotros somos libres de dejar que lo hagas o lo dejes de hacer a través de este medio.

Si escribiendo así asumes tu propia responsabilidad, entonces hazlo. Pero no injuries a nadie en el anonimato ni denigres el poder de la palabra y la comunicación escrita.

Y como sé que todavía nos falta mucho para llegar a una comunicación realmente productiva, sólo quiero que recuerdes lo siguiente antes de postearme o comentarme algo al respecto de lo que aquí te digo: Botellita de jeréz… Soy espejo y me reflejo… Te veo triste… etc. etc. etc.