Esta es una historia personal:

Son las 00:24 horas de este miércoles 10 de agosto. Aprovechando que tengo un pase que me da derecho a estar –claro, si puedo sostener el ritmo- las 24 horas con mi padre, me presentó ante el personal de seguridad de la clínica donde está hospitalizado. La guardia de seguridad, sentada en vetusto sillón frente a un viejo escritorio, de cara gorda y grasienta, maquillada en exceso, como si al acabar su turno de fuera a buscar un extra, prostituyéndose con algún borracho o vago que se encuentre por ahí, me mira con desdén ( en realidad ni quisiera que mirara, pero bueno…) y con un gesto de fastidio me pregunta: ¿Qué cama? Presuroso le respondo: 418 ¡Puedo subir ya!.
La orden, tajante, me detiene justo cuando ya daba dos pasos para salir de su campo visual y encaminarme al elevador para ascender al cuarto piso: ¡No, no puede subir; o sea puede subir, pero sin eso que trae!, dijo la tipa mientras miraba –ella por supuesto sin saber que era- la tableta digital que traía bajo el brazo izquierdo.
Sorprendido por la inesperada orden de la mujer, pues llevaba varios días bajando y subiendo por el elevador con el gadget bajo el brazo, escupí: ¡Oiga, qué le pasa. He subido antes con esto –dije levantado a la altura de sus ojos el aparato- y nadie me lo ha impedido, por qué ahora…!
Sin esperar a que terminara mi argumentación la mujer se movió apenas de su asiento y me dijo secamente: ¡Es que no puede pasar, son las órdenes que tenemos; esas cosas no se pueden subir a piso!
¡Oiga, pero..! alcancé a decir cuando la mujer me cortó bruscamente la palabra agregando: ¡Es que no puede pasar, me entiende; no puede pasar con ese aparato, es el reglamento!
Fuera de mi –yo que me emputó con facilidad, sobre todo cuando sé que la razón me asiste y un pendejo, pendeja en este caso, me la niega, elevé la voz intencionalmente, gritando: ¡A ver dígame, dónde en el reglamento dice que no puedo meter esto; dónde dice, dígame, lo leo y no veo que se prohíba meter esta cosa al hospital, así que dígame en dónde, o en qué se basa para prohibirme la entrada… yo paso porque paso y esto entra conmigo!
Sorprendida porque de repente alguien se le había puesto al brinco –en Yucatán la gente suele ser rependeja y nunca reclama sus derechos- la mujer entonces activo su radio y llamó al que parecía ser su jefe inmediato, que en segundos apareció por el cubo del elevador preguntado que qué pasaba, a lo que la mujer le dijo que yo insistía en subir a piso “con esa cosa que trae” y que ella ya me había explicado que no se podía y que, además, yo no entendía lo que me decía y que quería violar el reglamento de visitas del hospital y que…
¡No puede pasar con eso, señor, está prohibido!, dijo el guardia recién llegado
Más emputado, porque un segundo pendejo me prohibía la entrada grité: ¡Pero, por qué. En que parte del reglamento, dígame usted, dice que esto no se puede meter al hospital, acá dice –le mencione alzando la mano para apuntar con el dedo índice derecho el reglamento ahí expuesto-, que solamente no se pueden pasar golosinas, comida, bultos grandes, sillas y que no se puede entrar con ropa inapropiada. Dígame, esto es comida, golosina, bulto, silla, ropa inapropiada; dígame y si realmente esto es algo de lo que se prohíbe no paso porque estoy violando el reglamento!
Sin saber que hacer, el guardia volteó a ver a la mujer, quien como disco rayado sin moverse apenas de su silla, repitió: ¡Es que no puede pasar, son las reglas, si quiere!
Como siempre el recurso de apelar al gerente, ese pendejo que tiene que resolver en cualquier lugar las chingaderas que sus subordinados son incapaces, apareció en mi mente; aunque en este caso no era el gerente, sino el médico a cargo del turno, el jefe de piso, como le llaman…
¡Paso porque paso, me vale madre! ¿Me dejan o no? ¡De lo contrario sus jefes tendrán que resolver esto, pues ustedes no entienden!, dije con furia
Tratando de hacer entrar en razón al par de idiotas venidos a guardias agregué, mirando a una y al otro: ¡Saben qué es! ¡Saben para qué sirve! ¡Acaso voy a tomar fotos, a usarlo indebidamente… ni cámara trae, vean, vean!, repliqué al tiempo que desenfundaba el artilugio para pasarlo frente a las narices del par de monos cilindreros
Fue inútil, ni la mujer de maquillaje a lo payaso, ni el que parecía ser su jefe accedieron, tan sólo el hombre me dijo: ¡Don, venga para acá, venga!, esto invitándome a separarme unos metros del escritorio de “grasitas” y para, creo, hacerme entrar en razón.
¡Mire amigo -le dije, si dejarlo empezar a hablar-, usted se hace pendejo y me quiere ver la cara de pendejo; usted sabe que no está prohibido meter esto, allá arriba he visto hasta televisores y ventiladores…!
¡Pero tiene que pedir permiso para meter eso, pedir una solicitud! (sic), interrumpió “carita pintada” a lo que le respondí: ¡está bien, donde pido permiso o a quien! Tan sólo para recibir como respuesta un “no se puede hoy, el trámite es por las mañanas y…”
Miren –interrumpí- ustedes no entienden, esta puta madre que tengo acá no es un peligro. Coño, no es más que un aparato, para que me entiendan, que es como una computadora, para que en caso de que mi padre se duerma y yo no tenga sueño me sirva para leer escuchar música (claro que con audífonos), ver una película o jugar carreras de autos mientras esté a su lado y decida luego largarme…
-¡Pero es que está prohibido, don! me volvió a decir el estúpido guardia.
-¿Por eso, coño, dónde está prohibido, quién lo prohíbe?, pregunté, tratando de hacerle ver su estupidez al mono éste y cuyo único argumento era su “está prohibido”.
¡Es que se lo pueden robar y…! Sin dejar que terminara su “discurso, agregué: ¡Pues si me lo roban, por pendejo, para que lo traigo, acá claramente dice que si una persona o el paciente introducen objetos de valor la clínica no se hace responsable de nada, yo entiendo eso, así que ahora no me salga con que es por la seguridad de mis bienes, no me salga con mamadas, coooooño!.
¡Mejor sígame, don; cálmese, está alterado!, alcanzó a decir el fulano, al tiempo que me invitaba a subir al elevador, para dirigirnos con el jefe de piso “para ver si le da permiso”. El elevador no sirvió para la gran cosa tan sólo lo cruzamos de lado a lado al abrirse sus puertas, pues el dichoso jefe estaba en la misma planta baja.
Antes de encaminarnos a un largo pasillo, rumbo al “jefe”, el guardia insistió en que debería comprender su labor, que él solo era un empleado que bla, bla, bla…
¡Mira, carnal, a mi me vale madre, y si te hablo así es porque considero que se quieren pasar de vergas. Yo voy a subir a ver a mi viejo con esto, a huevo, así que vámonos para con tu jefe y a la verga!, le dije mirándolo con firmeza, sabedor de que el guardia, al verme brabucón, no haría nada para evitar mi “actuación”… y sobre todo en mi condición de cliente y él en la de empleado, sabiendo que “el cliente siempre tiene la razón”.
Ya ante el jefe, un médico ya veterano, de cara amable y quien se encontraba revisando unos documentos frente a una computadora, este dijo, dirigiéndose primero al guardia y luego a mi: ¡Buenas noches, en que les puedo servir, caballeros!
Y el guardia masculló: Doctor, es que al señor ya le dije que no puede pasar eso que trae y el insiste y por eso hemos venido a preguntar y….
Sin dejar que el hombre terminara dije abruptamente: Lo que pasa “doc” es que no sé cuál es la, perdóneme, mamada de este señor al no dejar pasarme con esto, me imagino que sabe que es, verdad, dije al alzar mi iPad ante él.
¡No, no, sinceramente no se qué es; es un libro me imagino!, dijo con candorosa inocencia el hombre, comprensible, pues tal vez como médico sepa manejarse ante una PC, una Laptop, pero no ante un iPad.
Cual gato relamiéndome los bigotes antes de despacharse a un indefenso ratón dije: ¡Si “doc”, es un libro, por eso mismo no veo el inconveniente de que este cabrón no me lo deje pasar; es un libro de los modernos además, “doc”…!
¡Si ya sé. Guardia déjelo pasar, acompáñelo hasta el cuarto piso y asunto arreglado, por favor!, ordenó el médico interrumpiendo, ante el cual entonces me incliné y una simulada reverencia le dije con sorna casi al oído: es un libro electrónico, “doc” por eso lo ve usted así de raro, yo no me separo de este aparato, tan sólo para dormir; es más si tuviera vieja, por esta cosa ella pasaría a segundo plano, por ese me lleva la madre que este pendejo y la pendeja de la entrada no me lo dejen pasar
Me encaminé entonces al elevador, subí al cuarto piso, llegue y ví a mi padre profundamente dormido, salude a los familiares de los otros enfermos compañeros de cuarto de mi papá y luego pregunte por su estado de salud y dicho esto baje para abandonar el hospital.
Luego, camino a casa de un familiar donde estamos hospedados, mi hijo, quien me acompaño al hospital, pero sin poder visitar a su abuelo, por ser menor de edad, me contó que apenas bajó el guardia del elevador fue con “grasitas” y le contó que yo había “chamaqueado” al jefe de piso, por aquello de que el “doc” dijo que mi iPad era un libro, y como no se quedó con las ganas de saber que era lo llevaba bajó el brazo fue con mi hijo, que esperaba en la recepción y le preguntó “que era ese aparato que subió tu papá” y en su bitácora de incidentes anotó mas o menos lo siguiente: Familiar de cama 418 violó reglamento de visitas al introducir sin nuestro consentimiento en el punto de revisión, pero con la autorización del jefe de piso en turno, una máquina computadora llamada aypad.