El Real Salvador volvió al escenario de sus “crímenes”, y lo hizo desafiando todo. Primero, cometió el pecado de volver a repetir su nefasto patrón de conducta futbolística. Volvió a ser ese equipo que no presiona la salida de la pelota, sin profundidad, y con una presunta quinta velocidad en el área que no aparece por ningún lado. Segundo, como si fuera una guerra dejó sus armas en canchas ajenas, donde en cuatro salidas ha cosechado tres victorias, a cambio de una derrota “honorable” ante La Favorita de Valladolid, el superlíder del campeonato. Resultado, el club de casa fue fusilado otra vez, con empate que sabe a derrota ante Guerreros de Tixkokob, un equipo que no está para espantar a nadie, y que de camino alargó a cuatro la racha de partidos sin ganar en casa del club realista.
Si esto fuera una película, el título sería muy simple: Real Salvador contra Real Salvador. En efecto el club parece jugar contra si mismo a cada partido que funge como local y la oncena apenas sobrevive a su propio desastre. No hay fiesta, toque, desmarque y así los jugadores locales -pese a inclusiones como las de Limbert Segura, un tipo con mucha cancha recorrida, pero que no marca a ningún rival ni siquiera en defensa propia- terminan los partidos fatigado, abúlicos, casi a merced de equipos como Guerreros de Tixkokob, que piso el césped del Julio Matos en busca de “su resultado”, el empate, y se lo llevó a casa.
Apenas a tres semanas de haberse dejado empatar por Real Ixil, la oncena local repitió por tercera vez lo que supone únicamente los humanos somos capaces de hacer dos veces seguidas: tropezar con la misma maldita piedra de la paridad en el marcador. La euforia de una seguidilla de dos triunfos en calidad de visita en las jornadas anteriores hizo pensar, quizá, al club que la pesada factura de no ganar en casa desde el inicio del torneo de liga estaba enterrada. Que se había hecho borrón y cuenta nueva. No fue así.
Y es que esta vez Real Salvador pareció encaminarse a la victoria pues en menos de un cuarto de hora ya estaba con ventaja de dos goles, en un primer tanto producto de Edwin Ramírez -un tipo que corre como diablo, dribla como diablo, pero que en ocasiones abusa un tanto en la conducción de la pelota- y en el 2-0, por medio de un penal bien cobrado por Carlos Castillo, tras falta cometida en el corazón del área sobre Amilcar Uribe, uno de tres jugadores “made in Oxkutzcab”, que iniciaron como titulares el partido.
Sin embargo, la historia no se escribió ahí, faltaba la aportación al guión de Tixkokob, un equipo ordenado, escalonado, conocedor de sus fuerzas -que se ven son pocas- y administrador de sus puntos flacos; un equipo que cuajó un partido serio en defensa, enorme en centro del campo y que por encima de todo explotó la debilidad en la zona baja del cuadro anfitrión, para empatar por conducto de Víctor Amaya, su gol fue a seis minutos de finalizar la primera mitad, y de Carlos Cohuo, quien a ocho minutos de haber iniciado el lapso complementario puso el dos por dos definitivo.
El lastre es digno de análisis: de cuatro partidos como local la oncena de casa ha sumado nada mas tres puntos de doce. El futuro deja entrever que, por lo menos de locales, el tratamiento del enfermo no mejorará con una simple dosis de aspirina. Hará falta algo más que un antibiótico por allí. Quizá correr más y mejor. Quizá jugar a uno o dos o tres toques. Quizá quitar un defensa y poner otro medio. Quizá ponerle solidaridad al asunto, lanzarse a las bandas. Quizá tomar alguna decisión. Porque pasa el tiempo y la única decisión que ha tomado Carranza, él técnico es, precisamente, no tomar decisiones.
Así las cosas, el Real Salvador, se empeña en abrasarse por el ‘fuego amigo’ de sus defensas, que estropean todo lo que consiguen sus delanteros. Mientras el técnico local no encuentre tratamiento urgente para esa defensa que parecen mujeres al borde de un ataque de nervios, el club tiene ya techo como local: empate o derrota.
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